Porque me gusta buscar las huellas de mis primeros pasos que jamás he olvidado. Recordarlo como lo conocí cuando yo era niño, cuando la Plaza Garibaldi era un jardín y en frente del Tenampa había puestos de madera donde podía uno comer pozole, birria y muchas cosas más.
Imagen tomada de https://www.pinterest.com.mx/pin/559079741241909115/
Siempre que mi papá podía, los acompañaba y yo iba con él,
atrás de los músicos, escuchando un mariachi monumental de más de cien
elementos, ejecutando la misma pieza musical y que tal vez no voy a volver a
escuchar.
Recuerdo muy claro la última vez que viví esta experiencia.
Tendría yo unos doce o trece años, cuando don Basilio, un viejo mariachi que
siempre le gustaba ver jugar futbol a los chiquillos del barrio, hizo una
invitación para formar un equipo infantil. Otros muchachos y yo nos apuntamos;
casi todos éramos malitos para jugar. Los buenos ya tenían equipo, así que no
fue difícil que me escogiera a mí. No sé si por simpatía o porque los otros
eran más malos que yo.
Esto fue por el mes de agosto y, de inmediato, nos inscribió
en una liga y empezamos a jugar con playeras y shorts disparejos, como
cualquier equipo de barrio. Casi siempre perdíamos, pero el buen viejo don
Basilio nos daba ánimos y nos prometía “Ahora que me graben mi canción les voy
a comprar sus uniformes, ya verán qué bonitos van a estar”. Nosotros no le
creíamos, pues por lo regular ni los papás nos podían comprar playeras para
vestir, mucho menos para jugar futbol.
Así pasaron varias semanas y nosotros perdiendo y él con la
promesa “No se desanimen muchachos porque ya pronto van a estrenar y aunque no
le creíamos íbamos a jugar porque nos gustaba el fútbol y él pagaba el pasaje y
los arbitrajes. Un buen domingo llegó don Basilio muy contento y nos dijo:
“Ahora sí, muchachos, ya grabaron mi primera canción y me la grabó uno de los
meros buenos Antonio Aguilar. La canción se llama El siete de copas y le gustó tanto que hasta va a hacer una
película, ya me dio un adelanto y mandé a hacer sus uniformes, pero me quiero
dar un gusto y como soy muy creyente de mi santa Patrona Cecilia, ese día los
van a estrenar en la peregrinación anual que se hace a la villita, así que
pónganse de acuerdo qué número quieren tener cada uno para dárselos
personalmente una semana antes”.
Dicho y hecho; ni lo creíamos. Faltando una semana para el
día de Santa Cecilia, llegó don Basilio con los uniformes. Fue una experiencia
de las mejores de mi vida, pues el uniforme nos pareció de lujo. Era una
playera azul con dos líneas verticales amarillas al frente, del lado izquierdo,
tal vez inspirado en el de la Selección Jalisco. El short también era azul con
líneas verticales amarillas a los costados y medias azules. Zapatos no hubo,
pero esto era mucho más de lo que cualquier equipo del barrio tenía. Había olvidado
decirles que el nombre de nuestro equipo no era un nombre muy futbolístico,
incluso, los amigos del barrio se reían del nombre, pues don Basilio se empeñó
desde un principio que uno debe estar orgulloso de sus raíces y le puso por
nombre Folk-Mex., que, para él y después para todos, significó Folklor
Mexicano. Ahora sigo con mi relato.
El 22 de noviembre llegó y ningún elemento del equipo faltó.
Todos con nuestro uniforme completo, como nos lo había pedido don Basilio, pero
no conforme con eso, nos pidió que nos quitáramos la ropa que llevábamos encima
por el frío y nos quedáramos vestidos de futbolistas. Al principio nos molestó,
pero al ver que nos pusieron hasta adelante, atrasito de los estandartes de la
virgen de Guadalupe y Santa Cecilia y de la bandera de México, que portaba una
muchacha del barrio vestida de “charra”, ni el frío sentíamos. Nos sentíamos lo
máximo.
Al salir de Garibaldi y avanzar por San Juan de Letrán, hoy
Eje Lázaro Cárdenas, íbamos en bola escuchando música y cohetes que servían
para llamar la atención de la gente que aún faltaba, pero al llegar a la
glorieta de Peralvillo, todo tenía que ser en orden, devoción y mucha alegría.
Fuente: Mediateca INAH
Todo esto terminaba como a las cinco de la tarde. Más tarde,
había quermes y cárcel para los novios y peleoneros, que no faltaban. También
mucho que comer, tanto golosinas como antojitos mexicanos, pues aparte de los
puestos ya “establecidos” de birria, pozole, etcétera, muchas señoras
aprovechaban para vender buñuelos, pambazos, gorditas, postres, en fin, muchas
cosas, porque en realidad era una fiesta de pueblo en pleno centro de la
ciudad. Había fuegos artificiales con “toritos”, cuetes de luces y el castillo
que se “quemaba” a las 9 de la noche y dando las 10, se volvían a juntar varios
grupos de mariachis a tocar juntos un rato. Casi a las 12 de la noche, para
despedir a su patrona Santa Cecilia, volvían a tocar las mañanitas y con eso
avisaban que el festejo había terminado. Cuando éramos chicos, ese era el único
día que teníamos permiso de llegar después de las 10 de la noche.
Esto es una pequeña parte de lo que viví en mi querido
barrio y que disfruto al recordarlo. Esto es verídico y comprobable, pasaba en
los años 58, 59 o tal vez 60.




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