domingo, 19 de septiembre de 2021

¿Por qué me gusta visitar mi barrio?

 

Porque me gusta buscar las huellas de mis primeros pasos que jamás he olvidado. Recordarlo como lo conocí cuando yo era niño, cuando la Plaza Garibaldi era un jardín y en frente del Tenampa había puestos de madera donde podía uno comer pozole, birria y muchas cosas más. 



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Eso lo pueden ver en las películas de Pedro Infante o algún otro artista de ese tiempo. Aún no existía el Mercado de San Camilo como está ahora, ni tenía esa plancha de cemento. Era un jardín en donde cada 22 de noviembre, el mero día de Santa Cecilia en que se celebra el Día del Músico, se reunían decenas, por no decir, cientos, de mariachis. Se reunían a las 6 horas de la mañana para ir en peregrinación a la Villa de Guadalupe a darle gracias a la virgen de Guadalupe y a su santa patrona Cecilia, a oír misa y a cantarles Las Mañanitas cuando la gente iba con verdadera devoción, sin esperar cámaras de televisión que transmitieran una falsa devoción.



Imagen tomada de https://www.pinterest.com.mx/pin/559079741241909115/



Siempre que mi papá podía, los acompañaba y yo iba con él, atrás de los músicos, escuchando un mariachi monumental de más de cien elementos, ejecutando la misma pieza musical y que tal vez no voy a volver a escuchar. 

Recuerdo muy claro la última vez que viví esta experiencia. Tendría yo unos doce o trece años, cuando don Basilio, un viejo mariachi que siempre le gustaba ver jugar futbol a los chiquillos del barrio, hizo una invitación para formar un equipo infantil. Otros muchachos y yo nos apuntamos; casi todos éramos malitos para jugar. Los buenos ya tenían equipo, así que no fue difícil que me escogiera a mí. No sé si por simpatía o porque los otros eran más malos que yo.

Esto fue por el mes de agosto y, de inmediato, nos inscribió en una liga y empezamos a jugar con playeras y shorts disparejos, como cualquier equipo de barrio. Casi siempre perdíamos, pero el buen viejo don Basilio nos daba ánimos y nos prometía “Ahora que me graben mi canción les voy a comprar sus uniformes, ya verán qué bonitos van a estar”. Nosotros no le creíamos, pues por lo regular ni los papás nos podían comprar playeras para vestir, mucho menos para jugar futbol.

Así pasaron varias semanas y nosotros perdiendo y él con la promesa “No se desanimen muchachos porque ya pronto van a estrenar y aunque no le creíamos íbamos a jugar porque nos gustaba el fútbol y él pagaba el pasaje y los arbitrajes. Un buen domingo llegó don Basilio muy contento y nos dijo: “Ahora sí, muchachos, ya grabaron mi primera canción y me la grabó uno de los meros buenos Antonio Aguilar. La canción se llama El siete de copas y le gustó tanto que hasta va a hacer una película, ya me dio un adelanto y mandé a hacer sus uniformes, pero me quiero dar un gusto y como soy muy creyente de mi santa Patrona Cecilia, ese día los van a estrenar en la peregrinación anual que se hace a la villita, así que pónganse de acuerdo qué número quieren tener cada uno para dárselos personalmente una semana antes”.




Dicho y hecho; ni lo creíamos. Faltando una semana para el día de Santa Cecilia, llegó don Basilio con los uniformes. Fue una experiencia de las mejores de mi vida, pues el uniforme nos pareció de lujo. Era una playera azul con dos líneas verticales amarillas al frente, del lado izquierdo, tal vez inspirado en el de la Selección Jalisco. El short también era azul con líneas verticales amarillas a los costados y medias azules. Zapatos no hubo, pero esto era mucho más de lo que cualquier equipo del barrio tenía. Había olvidado decirles que el nombre de nuestro equipo no era un nombre muy futbolístico, incluso, los amigos del barrio se reían del nombre, pues don Basilio se empeñó desde un principio que uno debe estar orgulloso de sus raíces y le puso por nombre Folk-Mex., que, para él y después para todos, significó Folklor Mexicano. Ahora sigo con mi relato.

El 22 de noviembre llegó y ningún elemento del equipo faltó. Todos con nuestro uniforme completo, como nos lo había pedido don Basilio, pero no conforme con eso, nos pidió que nos quitáramos la ropa que llevábamos encima por el frío y nos quedáramos vestidos de futbolistas. Al principio nos molestó, pero al ver que nos pusieron hasta adelante, atrasito de los estandartes de la virgen de Guadalupe y Santa Cecilia y de la bandera de México, que portaba una muchacha del barrio vestida de “charra”, ni el frío sentíamos. Nos sentíamos lo máximo.

Al salir de Garibaldi y avanzar por San Juan de Letrán, hoy Eje Lázaro Cárdenas, íbamos en bola escuchando música y cohetes que servían para llamar la atención de la gente que aún faltaba, pero al llegar a la glorieta de Peralvillo, todo tenía que ser en orden, devoción y mucha alegría.


           
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Después de oír misa en la Villa, regresaba uno al barrio donde seguían los festejos que consistían en competencias de ciclistas y carreras atléticas cortas, sin salir mucho del barrio. Había dos cosas que me emocionaban mucho: la carrera de ciclistas que consistía en darle vuelta a un circuito corto y en cada vuelta tratar de ensartar una argolla que colgaba de un listón sin parar la bicicleta y sin poner un pie en el piso, las argollas estaban a cierta altura de manera que no fuera fácil ensartarlas. Cada argolla significaba un premio; la argolla era un poco más grande que un anillo. A los participantes se les daba un palito como un lápiz igual a todos para que fuera parejo. Entonces, los que eran buenos para la “bici” daban la vuelta rápido y al pasar, donde estaban las argollas casi paraban la bicicleta para ensartar las argollas y algunos no podían sostenerse y al poner el pie en el piso eran descalificados. Esto me divertía, pero el atractivo principal era el palo encebado el cual era un poste de madera como el que se usa para los cables de teléfono o la luz, todo embarrado de grasa muy resbalosa, el cual, en lo mero alto, tenía muchos premios como zapatos, camisas, pantalones y algunos billetes. Los muchachos en situación de calle que por desgracia siempre han existido en mi barrio eran los más animados por tratar de llegar a la cima del poste y poder alcanzar unos zapatos o una camisa, algo que los hiciera sentirse felices, aunque fuera por unos momentos. Como era muy difícil que subiera uno solo, se hacían pirámides de tres o cuatro, los que fueran necesarios para alcanzar los regalos, y luego se repartían lo que habían conseguido bajar.



                                                                  Fuente: Mediateca INAH

Todo esto terminaba como a las cinco de la tarde. Más tarde, había quermes y cárcel para los novios y peleoneros, que no faltaban. También mucho que comer, tanto golosinas como antojitos mexicanos, pues aparte de los puestos ya “establecidos” de birria, pozole, etcétera, muchas señoras aprovechaban para vender buñuelos, pambazos, gorditas, postres, en fin, muchas cosas, porque en realidad era una fiesta de pueblo en pleno centro de la ciudad. Había fuegos artificiales con “toritos”, cuetes de luces y el castillo que se “quemaba” a las 9 de la noche y dando las 10, se volvían a juntar varios grupos de mariachis a tocar juntos un rato. Casi a las 12 de la noche, para despedir a su patrona Santa Cecilia, volvían a tocar las mañanitas y con eso avisaban que el festejo había terminado. Cuando éramos chicos, ese era el único día que teníamos permiso de llegar después de las 10 de la noche.

Esto es una pequeña parte de lo que viví en mi querido barrio y que disfruto al recordarlo. Esto es verídico y comprobable, pasaba en los años 58, 59 o tal vez 60.

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