A mi hermano Raúl le gusta escribir
cosas de nuestra niñez o juventud y, en su cumpleaños, le quiero recordar una
que estoy seguro no la ha publicado en su cuenta de “feis” o como se diga,
porque en realidad no creo que la recuerde, porque yo mismo no la recordaba
hasta ahora que caminé por nuestro barrio y me llegaron algunos recuerdos, y
éste es uno de ellos.
Un día estábamos reunidos varios amigos ahí en el Callejón
de la Amargura, así se llama donde nacimos y crecimos, en el mero corazón de
Garibaldi. Estábamos aburridos y en ese momento a alguien se le ocurrió “Vamos
a alquilar unas bicicletas y nos vamos al Monumento a la Raza”. “Ya vas”, contestó
la mayoría, unos cuatro o cinco muchachos.
En ese tiempo en el barrio nadie tenía bicicleta propia, así que los señores que tenían taller para reparar bicicletas hacían negocio alquilándolas. Cobraban cuarenta o cincuenta centavos la hora. Raúl me pregunta “¿Traes dinero, Rodolfo? ¿Cuánto tienes?” “15 centavos. ¿Para que los quieres?”, contesté. “Pues para alquilar la bici y nosotros también vamos a ver el monumento”. Yo no quería darle los 15 centavos y le digo: “Yo ni sé andar en bicicleta”. Y me dice: “Pero yo sí y te llevo en la parte de atrás. Si me los das podemos alquilar una, con lo que yo traigo alcanza”. “Órale, pues, vamos”.
Cuando íbamos a llegar con el señor de las bicicletas, me
dice Raúl: “La tienes que alquilar tú, porque el otro día que vine me pasé de
tiempo y le debo una lana al señor. Nomás te pones abusado; escoges “la más
buena”; acuérdate que te voy a llevar atrás y no quiero que nos ganen ese
‘güeyes’. Tiene que aguantarnos bien a los dos”.
Total, que en lo que hablamos se adelantaron los otros
muchachos a escoger sus bicicletas y, lógico, escogieron las mejores. Cuando
llego yo a escoger la de nosotros, no había muchas y además yo no sabía nada de
bicicletas. Entré al taller y le digo al señor: “Vengo a alquilar una
bicicleta”. Me pregunta: “¿Cuál es tu dirección a dónde vives?”. “En el
callejón de la Amargura 30, interior 2”. Me anota y me dice: “Escoge la que
quieras. Las que están de este lado son las que alquilo”. “Gracias”, le digo,
dándole los 50 centavos. Empiezo a buscar la canija bicicleta y veo una
grandota con unas llantotas que parecían de coche. Yo, que no sabía de
bicicletas, pensé: “es la más buena”. Con mucho trabajo la saqué del taller y
la llevé a donde me esperaban Raúl y los otros muchachos. Apenas vieron la
“pinche” bicicleta, todos empezaron a reír, menos Raúl, que estaba más que
enojado. “Rodolfo, ¿cómo se te ocurre traer esta ‘chifladera’”? Yo también
enojado, le conteste: “Tú me dijiste que trajera la más buena, que nos
aguantara bien a los dos y ésta aguanta hasta cuatro”. Empezamos a discutir como
casi siempre lo hacíamos, hasta que uno de los muchachos más grandes dice: “Ya
párenle, Raúl. Yo me llevo a Rodolfo y tu vete solo en la bici ‘más buena’, a
ver si llegas y si no, pues, te regresas cuando calcules que ya va a ser la
hora”. Le contesta Raúl muy enojado: “De que llego, llego, aunque sea en esta ‘chingadera’
o dejo de llamarme Raúl Adame.
Total, que todos arrancamos y yo parado en la parte de atrás
en la bicicleta del muchacho que me llevaba y a cada rato volteaba a ver a Raúl
que cada vez se iba quedando más atrás. Me dice el chavo que llevaba. “Ya no
estés volteando, porque nos vamos a caer; al cabo, todos conocemos el camino;
nadie se pierde”. A mí eso no me preocupaba, sino el coraje que iba hacer
cuando regresáramos.
Ya todos veníamos de regreso y él apenas llevaba como ¾ de
la ida, bien cansado y enojado. El que se lo encontraba le decía: “Ya mejor
regrésate, Raúl”. Y a todos, la misma contestación: “Ni madres, dije que
llegaba y llego a fuerza.
Total, que todos regresaron a la hora y Raúl ni para cuando.
Ya aburridos, me dicen: “Ahí, esperas a tu hermano para que entregues la bici,
ahí nos vemos en el callejón. Pasaron como 10 o 30 minutos, cuando llega Raúl
todo sudoroso y enojado. Le pregunto “¿Cómo te fue?”. “De la chingada, pero
llegué. Ve a entregar la bicicleta, a ver cuánto nos pasamos de la hora”.
Llego con el señor que las alquila: “Aquí está su bicicleta”.
Me dice: “Te pasaste media hora, me debes 25 centavos”. Le contesté: “Me pasé
porque su bicicleta está muy pesada, con mucho trabajo llegué a donde iba”. Me
dice: “Tú la escogiste, yo no te la di. Así que me debes 25 centavos”. Yo
enojado le digo: “No tengo más dinero”. Me dice: “No hay problema, pon la
bicicleta en su lugar y luego me traes el dinero, porque si no, voy y le cobro
a tus papas, para eso les pido la dirección”. “Sí, sí, gracias, señor”, contesté
medio espantado. Regreso con Raúl; él ya había descansado y estaba más
tranquilo; me pregunta: “¿Qué te dijo?” “Que nos pasamos media hora y que le
debemos 25 centavos que si no se los llevamos se los va a cobrar a mi papá”. “No
te preocupes, nunca cobra lo que le queda uno a deber, nomás no hay que
regresar en unos quince días”. Yo no regresé nunca; tal vez el sí.
Ya de regreso a casa, el venía contento y yo enojado por la
discusión, primero con Raúl y luego con el dueño de la bicicleta. Al verme
enojado, quería hacerme reír y no le hacía caso. Me hablaba y no le contestaba.
Así caminamos un buen rato hasta que, como siempre, y espero que mientras
vivamos, así sea, nos volvíamos a encontentar y a reírnos de nuestras aventuras
o tarugadas.
Ojalá este relato te traiga buenos recuerdos como me los
trajo a mí.


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