sábado, 25 de septiembre de 2021

El Kid Azteca y el Muñeco. Un mismo sueño y distinta realidad

 


Al Kid Azteca lo conocí cuando yo era un niño y el un señor ya mayor, como de 50 o 60 años. Él ya no vivía en el callejón, pero su mamá sí, en el número 14 del Callejón de la Amargura. Era una de las pocas casas que no era vecindad, sino una casa particular, y la gente pensaba que el Kid la había comprado para ella, por esta razón, iba muy seguido.

Lo recuerdo con su pelo medio quebrado, medio chino. tal vez era por sus ojos medio “achalados” llegaba a pie, siempre vestido de traje. No sé si por la edad o la costumbre, siempre caminaba medio encorvado como si estuviera en el ring, puesto en guardia para pelear y con una sonrisa agradable para chicos y grandes que se acercaban a saludarlo. Nunca lo vi pelear, pero sé que duró muchos años como campeón nacional y que fue uno de los boxeadores que mejor ha ejecutado el gancho izquierdo al hígado.



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En un barrio donde todos los jóvenes querían sobresalir, él era un ídolo y un ejemplo que muchos querían imitar, entre esos muchachos había dos hermanos: Chucho, el Platanero y Toño, el Muñeco, de unos veinte y dieciocho años. Cucho era el mayor y tenía un puesto donde vendía plátanos, de ahí le venía el apodo de Platanero, y Toño, en realidad, sí parecía muñeco, de esos que se vendían en Navidad y Reyes para las niñas. A los dos se les consideraba bueno para los golpes y decidieron probar suerte en el boxeo.

Todas las tardes, después de cerrar su negocio se iban a un gimnasio a entrenar. Después de un buen tiempo, Chucho, que era el mayor, decidió que el box no era para ellos y le dijo a su hermano:

—Mira Toño, hay que olvidarnos del box y dedicarle más tiempo al negocio, mal que bien de ahí comemos y sale para nuestros gastos.

—Como tú digas hermano, pero yo voy a seguir entrenando —contestó Toño.

—Está bien, pero cuídate —le dijo Chucho.

El Muñeco siguió yendo al gimnasio. A veces llegaba muy golpeado.

—¿Qué te pasó? —le preguntaba Chucho.

—Nada —contestaba el Muñeco—. Me pidieron que fuera sparring del Campeón y me pagaron cincuenta pesos por tres rounds.

—Con eso no te vas a curar —le decía Chucho.

—No, pero es más de lo que tú me das a la semana —contestaba el Muñeco—, y además me consiguieron una pelea a cuatro rounds y me van a pagar cien pesos. El manager dice que puedo llegar a campeón.

Las discusiones cada vez eran más fuertes y seguidas. El Muñeco le decía:

—Esta semana no cuentes conmigo porque me voy con el campeón a ayudarle a su preparación, porque va a exponer el campeonato y, además, voy de respaldo. Tengo pelea a seis rounds y el manager me dijo que, si gano ésta, me voy para arriba y entonces sí, puras estelares de diez rounds y de muy buen dinero.

Chucho le decía:

—No seas tonto, Toño, te están usando para “inflar” a otros. Hazme caso, olvídate del box, no vayas a terminar mal.

—Mira Chucho, para no terminar contigo que eres mi hermano, aquí le paramos, me voy de gira con el campeón a los ángeles. Cuando esté allá te escribo y te platico cómo me va.

El Muñeco se fue del barrio y al principio sí le escribía a su hermano alguna carta, pues en ese tiempo nadie tenía teléfono en barrio. Poco tiempo después, dejó de escribir. Cando le preguntaban a Chucho “qué pasó con el Muñeco”, contestaba medio triste o molesto

—No sé, tiene rato que no escribe.

Así, pasaron como dos o tres años. Cuando menos se esperaba, se le vio en el puesto de Chucho “vendiendo” plátanos; había regresado enfermo. Alguien le avisó a Chucho y fue a traerlo quien sabe de dónde, porque el campeón y su manager habían abandonado al Muñeco a su suerte. Puse comillas en vendiendo porque, en realidad, vendía algunos, pero regalaba la mayoría. No estaba loco, pero ya no reaccionaba igual y como conocía a toda la gente del callejón, para vender gritaba “lléveselo marchanta, al fin que a mí no me costó nada. Nomás el susto, la carrera y la sudada”. Cuando llegaba Chucho no había plátanos ni dinero; se enojaba y lo regañaba. El Muñeco se ponía triste y el Chucho lo perdonaba. La gente que se llevaba los plátanos a veces regresaba a pagar, pues sabían cuál era la situación del Muñeco.

Otra cosa que hacía el Muñeco si vería pasar algún vecino conocido, fuera quien fuera, le decía:

—Tómeme el tiempo, don Emilio.

—Sí, Muñeco, como no, te voy a dar tres minutos. ¿Listo? Ahora.

Y el Muñeco empezaba a hacer sombra ahí en plena calle y la gente le hacía rueda. Cuando transcurrían los tres minutos le gritaban “¡Tiempo!”, y paraba su entrenamiento. Todo sudoroso preguntaba:

 —¿Cómo me ve, don Emilio?

—Muy bien, Muñeco, estás en muy buena forma.

No era para burlarse, era para hacerlo sentir bien. El muñeco decía:

—Le digo al manager que estoy bien, pero no me consigue peleas, todos me tienen miedo.

—Sí Muñeco, todos te tiene miedo.

La gente los quería porque no eran viciosos ni borrachos. El Muñeco sólo había querido ser campeón como el Kid Azteca.

Otras veces, se ponía melancólico. Empezaba a llorar y decía:

—Le fallé a Chucho, le fallé a Chucho, no le hice caso, pero no fue mi culpa, me bloquearon, me tenían miedo. Y lloraba y repetía “le fallé a Chucho, le fallé a Chucho”.

Le avisaban a Chucho. Iba por él, le ponía el brazo sobre el hombro con gran cariño y se lo llevaba a su casa, ahí en el callejón de la Amargura.





*

A los hermanos hay que quererlos “haigan sido como haigan sido”. Esto pasaba por el año 1954 a 1958.


 

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