sábado, 25 de septiembre de 2021

Roberto Mendoza el Sándwich

 

Al Sándwich lo conocí, o más bien, nos conocimos, desde que nací, pues él ha de haber tenido unos doce a quince años. Era hijo de unos compadres de mi papá que vivían en la misma vecindad, nosotros en el número dos y ellos en el número tres. Cuando crecí y lo fui conociendo mejor, me llamaba mucho la atención su forma de ser: algunas veces orgulloso y altanero con algunas personas, pero vacilador y educado con la mayoría. Su familia venía de Tlaxcala, tierra de toreros, y su ilusión era diferente a la mayoría de los muchachos del barrio, que querían ser boxeadores o futbolistas profesionales: él quería ser torero.


Tuve la fortuna de acompañarlo dos o tres veces a verlo “entrenar” en el deportivo Venustiano Carranza, en una especie de ruedo, adonde muchos jóvenes, aspirantes, como él, a toreros se reunían a practicar. A éstos se les conocía como “maletillas”. A casi todos ellos se les reconoce porque traen su “atado”, una especie de manta donde cargan sus cosas de torear, muleta, estoque, etcétera, y por su forma de caminar, muy derechito y casi cruzando los pies como si ya estuvieran “partiendo plaza”. Si en este tiempo se burlan de los que caminan así, en esa época era peor. Una ocasión, que regresaba de entrenar, unos jóvenes que no lo conocían ni sabían a qué se dedicaba le dijeron “adiós, maricón”.  Más tardaron en decirlo que en arrepentirse, pues el Sándwich rápido sacó el estoque y, poniéndoselo a uno en el pecho, le gritó “A quién le dijiste maricón, pendejo”. “A nadie, señor, perdóneme”, le contestó todo asustado. El Sándwich volvió a guardar el estoque y siguió su camino.



Fuente y gimnasio en el Deportivo Venustiano Carranza
Mediateca INAH

La verdad es que de maricón no tenía nada, pues era bien parecido, de estatura más que regular y de buen físico, pues siempre estaba entrenando, así es que siempre tenía novia. Una de ellas trabajaba en un “café de chinos”, que se ubicaba en la calle de Honduras, muy cerca de la vecindad, y cuando el Sándwich iba a desayunar o a comer, la muchacha le decía “déjalo, Roberto, yo pago”. El dueño del café, que era un chino, le decía “Lobeto, eles uno palote”. En realidad, lo que le decía era “Roberto, eres un padrote”. La frase del chino se hizo famosa porque los amigos del Sándwich por molestarlo, a veces le gritaban: “Lobeto, eles uno palote”.

Como todos los aspirantes a toreros pobres y sin padrinos, le costaba trabajo conseguir “corridas”, pero se las ingeniaba y conseguía algunas. Algún torero le regalaba un traje de luces todo roto; iba con alguna vecina a que se lo cociera: “Doña Mary, cósamelo, porque toreo el domingo”. Una vez que iba a presentarse en San Cristóbal Ecatepec (era lo más cerca de la Ciudad de México en que se iba a presentar), fue a una fiesta en el callejón de la Amargura. Todo el barrio quería verlo “de luces” o vestido de torero. Regaló unos boletos a los más cercanos, entre ellos, a mi papá, y nos fuimos a San Cristóbal. Por desgracia, en esa ocasión, las cosas no salieron bien. En lugar de soltarle un novillo hecho y derecho, le soltaron un buey con más kilos que trapío o bravura. El público se desesperó y el Sándwich también. Total, parecía que el Sándwich era el que embestía al toro. Llegó el momento que hasta un golpe le tiró al toro y ni así embistió. Para acabar pronto, se tira a matar y lo “pincha”. Le empiezan a silbar; enojado, le da un “bajonazo” y todo acabó en gran bronca. 




También tuvo tardes de triunfo en provincia que lo llevaron a presentarse en el Toreo de Cuatro Caminos, como uno de los novilleros “punteros” (así se les llama a los que más destacan), alternando con algunos que llegaron a ser figuras del toreo como Jaime Rangel y otras más. En ese momento, tenía de apoderado a un torero retirado que se llamaba Guillermo Carbajal y le decían el Chicharrín, y se fue haciendo de cierto cartel, lo cual trajo como consecuencia algo de dinero y algunas mujeres que le “ayudaban” con sus gastos. Esto se sabía porque mandaba a algún chiquillo del barrio a verlas y regresaban con algún dinero para el Sándwich. Después de varios años de andar en la “brega”, las lesiones y la falta de oportunidades lo obligaron a retirarse de los ruedos sin haber conseguido la ansiada “alternativa”. Se retiró del ruedo, pero no del mundo taurino, pues empezó como “apoderado” de nuevos valores y cuando venía a México el torero español Manuel Benítez, el Cordobés, no sólo era su “mozo de espadas”, sino que también le servía de guía en la ciudad de México y en cualquier ciudad de la República donde se presentaba a torear. En esas giras del Cordobés, le iba muy bien en lo económico y lo social, pues era un tipo muy adaptable y sabía moverse muy bien en cualquier medio.


Manuel Benítez, el Cordobés


Recuerdo que, en una ocasión, una revista lo invitó a colaborar para hacer un reportaje sobre los bares más emblemáticos de la ciudad. Aunque el Sándwich no era un borracho, si sabía mucho de bares, pues creció y se desarrolló en la Ciudad de México.

Salió del Callejón de la Amargura y se fue a vivir a un departamento en la calle de San Jerónimo y puso un restaurant en la de Bolívar. Ahí le perdí de vista, pues yo también tomé otro rumbo, dejando mi querido callejón. Tiempo después supe que le habían amputado una pierna y, más tarde, por algunos amigos, me enteré de su muerte.


https://archivo.eluniversal.com.mx/deportes/20768.html


Esto no es una biografía, es sólo un recuerdo para mi amigo Roberto Mendoza, el Sándwich.

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