Al Sándwich lo conocí, o más bien, nos conocimos, desde que nací, pues él ha de haber tenido unos doce a quince años. Era hijo de unos compadres de mi papá que vivían en la misma vecindad, nosotros en el número dos y ellos en el número tres. Cuando crecí y lo fui conociendo mejor, me llamaba mucho la atención su forma de ser: algunas veces orgulloso y altanero con algunas personas, pero vacilador y educado con la mayoría. Su familia venía de Tlaxcala, tierra de toreros, y su ilusión era diferente a la mayoría de los muchachos del barrio, que querían ser boxeadores o futbolistas profesionales: él quería ser torero.
Tuve la fortuna de acompañarlo dos o tres veces a verlo “entrenar”
en el deportivo Venustiano Carranza, en una especie de ruedo, adonde muchos
jóvenes, aspirantes, como él, a toreros se reunían a practicar. A éstos se les
conocía como “maletillas”. A casi todos ellos se les reconoce porque traen su
“atado”, una especie de manta donde cargan sus cosas de torear, muleta,
estoque, etcétera, y por su forma de caminar, muy derechito y casi cruzando los
pies como si ya estuvieran “partiendo plaza”. Si en este tiempo se burlan de
los que caminan así, en esa época era peor. Una ocasión, que regresaba de
entrenar, unos jóvenes que no lo conocían ni sabían a qué se dedicaba le
dijeron “adiós, maricón”. Más tardaron en decirlo que en arrepentirse,
pues el Sándwich rápido sacó el estoque y, poniéndoselo a uno en el pecho, le
gritó “A quién le dijiste maricón, pendejo”. “A nadie, señor, perdóneme”, le
contestó todo asustado. El Sándwich volvió a guardar el estoque y siguió su
camino.
Fuente y gimnasio en el Deportivo Venustiano Carranza
Mediateca INAH
La verdad es que de maricón no tenía nada, pues era bien
parecido, de estatura más que regular y de buen físico, pues siempre estaba
entrenando, así es que siempre tenía novia. Una de ellas trabajaba en un “café
de chinos”, que se ubicaba en la calle de Honduras, muy cerca de la vecindad, y
cuando el Sándwich iba a desayunar o a comer, la muchacha le decía “déjalo,
Roberto, yo pago”. El dueño del café, que era un chino, le decía “Lobeto, eles
uno palote”. En realidad, lo que le decía era “Roberto, eres un padrote”. La
frase del chino se hizo famosa porque los amigos del Sándwich por molestarlo, a
veces le gritaban: “Lobeto, eles uno palote”.
Como todos los aspirantes a toreros pobres y sin padrinos,
le costaba trabajo conseguir “corridas”, pero se las ingeniaba y conseguía
algunas. Algún torero le regalaba un traje de luces todo roto; iba con alguna
vecina a que se lo cociera: “Doña Mary, cósamelo, porque toreo el domingo”. Una
vez que iba a presentarse en San Cristóbal Ecatepec (era lo más cerca de la
Ciudad de México en que se iba a presentar), fue a una fiesta en el callejón de
la Amargura. Todo el barrio quería verlo “de luces” o vestido de torero. Regaló
unos boletos a los más cercanos, entre ellos, a mi papá, y nos fuimos a San
Cristóbal. Por desgracia, en esa ocasión, las cosas no salieron bien. En lugar
de soltarle un novillo hecho y derecho, le soltaron un buey con más kilos que
trapío o bravura. El público se desesperó y el Sándwich también. Total, parecía
que el Sándwich era el que embestía al toro. Llegó el momento que hasta un
golpe le tiró al toro y ni así embistió. Para acabar pronto, se tira a matar y
lo “pincha”. Le empiezan a silbar; enojado, le da un “bajonazo” y todo acabó en
gran bronca.
También tuvo tardes de triunfo en provincia que lo llevaron
a presentarse en el Toreo de Cuatro Caminos, como uno de los novilleros
“punteros” (así se les llama a los que más destacan), alternando con algunos
que llegaron a ser figuras del toreo como Jaime Rangel y otras más. En ese
momento, tenía de apoderado a un torero retirado que se llamaba Guillermo
Carbajal y le decían el Chicharrín, y se fue haciendo de cierto cartel, lo cual
trajo como consecuencia algo de dinero y algunas mujeres que le “ayudaban” con
sus gastos. Esto se sabía porque mandaba a algún chiquillo del barrio a verlas
y regresaban con algún dinero para el Sándwich. Después de varios años de andar
en la “brega”, las lesiones y la falta de oportunidades lo obligaron a
retirarse de los ruedos sin haber conseguido la ansiada “alternativa”. Se
retiró del ruedo, pero no del mundo taurino, pues empezó como “apoderado” de
nuevos valores y cuando venía a México el torero español Manuel Benítez, el
Cordobés, no sólo era su “mozo de espadas”, sino que también le servía de guía
en la ciudad de México y en cualquier ciudad de la República donde se
presentaba a torear. En esas giras del Cordobés, le iba muy bien en lo
económico y lo social, pues era un tipo muy adaptable y sabía moverse muy bien
en cualquier medio.
Manuel Benítez, el Cordobés
Recuerdo que, en una ocasión, una revista lo invitó a
colaborar para hacer un reportaje sobre los bares más emblemáticos de la
ciudad. Aunque el Sándwich no era un borracho, si sabía mucho de bares, pues
creció y se desarrolló en la Ciudad de México.
Salió del Callejón de la Amargura y se fue a vivir a un
departamento en la calle de San Jerónimo y puso un restaurant en la de
Bolívar. Ahí le perdí de vista, pues yo también tomé otro rumbo, dejando mi
querido callejón. Tiempo después supe que le habían amputado una pierna y, más
tarde, por algunos amigos, me enteré de su muerte.
https://archivo.eluniversal.com.mx/deportes/20768.html
Esto no es una biografía, es sólo un recuerdo para mi amigo
Roberto Mendoza, el Sándwich.




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